España Política
Renovarse o Rajoy
25 mayo, 2015
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Mariano_Rajoy (2)

No creo que se puedan poner paños calientes: el resultado para el Partido Popular es pésimo. Perder todas las mayorías absolutas, ayuntamientos muy importantes y quedar a merced de pactos que seguramente acabarán por situar al frente de los puestos de responsabilidad a personas de otras formaciones no se puede considerar un éxito bajo ningún concepto, ni siquiera habiendo sido el partido más votado. A pesar de todo, aún es recuperable. La cuestión esencial estriba en si se toman ya las medidas adecuadas o Mariano Rajoy espera, como Rosa Díez, a que el agujero sea tan grande que al final del camino no queden muebles que salvar.

El Gobierno nacional del Partido Popular ha cumplido el objetivo principal para el que fue votado en 2011: salvar al país de la quiebra e invertir la dinámica negativa que hubiera desembocado en un rescate demoledor para la Unión Europea. Mariano Rajoy ha sido un presidente de guerra; es evidente que ha tenido que tomar medidas terribles pero es indiscutible que ha hecho exactamente lo que se esperaba de él. Difícilmente a los españoles nos apetecerá tomar un café con él, Montoro o Luis de Guindos, pero lo cierto es que sin sus medidas difícilmente habríamos podido siquiera pagarlo. De todos modos, no se puede caer en la autocomplacencia y decir que el desgaste sufrido es achacable exclusivamente a las medidas adoptadas estos últimos tres años y medio. Eso sería mentir. El Gobierno ha cometido errores clamorosos que han impedido que los votantes le otorguen el mérito que muy probablemente le corresponde.

Vaya por delante que me parece un atraso que en algunas de las ciudades más importantes de España gobiernen candidaturas verdaderamente peregrinas, con candidatos  sin preparación y propuestas absurdas en muchos casos. Una vez que se apaguen los focos, Ada Colau tendrá que gestionar un presupuesto anual de más de 2500 millones de euros, y si dejamos las vísceras a un lado, no creo que ningún votante esté tranquilo ante semejante escenario. El resultado electoral ha sido muy malo para el Partido Popular y, bajo mi punto de vista, terrible para muchos españoles que tendrán que soportar la gestión de alcaldes o dirigentes autonómicos empeñados en financiar su mediocridad con el dinero de los demás. No obstante, encerrarse en el propio caparazón y pensar que la ciudadanía te deja de votar porque no te merece sería, de nuevo, volver al modelo de Rosa Díez, que es exactamente el ejemplo que se debe evitar a no ser que el objetivo sea liquidar el partido y vender los muebles a precio de saldo en cualquier rastro.

Mariano Rajoy ha tomado decisiones difíciles en materia económica que se han demostrado acertadas. De todos los candidatos que se presentaron en 2011, me parece indiscutible que él y su equipo eran quienes presentaban las mayores garantías para resolver  una situación dramática. Si dentro de veinte años se hace un análisis razonado de lo sucedido durante esta legislatura, es indudable que se le deberá reconocer el mérito de evitar un rescate que parecía seguro y de mantener en la medida de lo posible el poder adquisitivo de los españoles, pero también es incuestionable que eso no basta.España no sólo necesitaba un gestor a la altura de las circunstancias, sino también un líder que explicara el qué, el cómo y el cuándo de cada medida. No se pueden dar explicaciones a través de una pantalla de plasma sin  aceptar preguntas cuando estás llevando a cabo la subida de impuestos más importante de la democracia, no se puede desaparecer de los medios de comunicación durante más de tres años cuando has tenido que realizar ajustes tan dolorosos, no se puede esconder la cabeza cuando tu partido está salpicado por casos de corrupción verdaderamente bochornosos. No se puede salvo que estés dispuesto a pagar un alto precio electoral por ello.

Esta cuestión nos lleva a un problema aún más profundo respecto al que no se puede seguir mirando para otro lado. Más allá de esta legislatura, desde hace demasiados años el Partido Popular ha renunciado a ganar por goleada para intentar ganar por incomparecencia del rival. Parece que ha cundido de una manera vergonzante la tesis de que es mejor no molestar a nadie que defender los principios por los que te han votado: de esta manera sólo se consigue el desdén de los propios y el desprecio de los ajenos. El Partido Popular es el gran partido del centro derecha español, el tercer partido más importante de Europa en número de afiliados y el partido que representa a la mitad de los ciudadanos en nuestro país, y precisamente por ello debe aspirar a un papel protagonista en cuestiones esenciales como la regeneración democrática, la lucha contra la corrupción, el adelgazamiento de la administración, la transformación del modelo productivo y la defensa de los derechos sociales, que no pueden ser exclusivamente patrimonio de la izquierda cuando es el Partido Popular el que ha garantizado su sostenibilidad. El Partido Popular debe dejar de ser, por tanto, el refugio de aquellos que no quieren que gane la izquierda para ser la casa de aquellos que tienen la defensa de España, el Estado de Derecho y la libertad individual entre sus prioridades. Dejar de dar la batalla ideológica implica permitir que sean otros quienes te elaboren el discurso, lo cual no es sólo una actitud cobarde sino también ciertamente estúpida.

A Mariano Rajoy hay que agradecerle los servicios prestados, que han sido diversos y muy meritorios, pero hay que decirle adiós. No porque no pueda ganar las próximas elecciones, sino porque el votante ha dejado claro que quiere algo que él no ha sido capaz de aportar en los once años que lleva al frente del partido. Sólo un cambio de liderazgo que encarne los valores de regeneración que la ciudadanía española reclama puede detener el inmenso desgaste del Partido Popular. Hay que combinar la gestión eficaz con la política de alto nivel; hay que volver a situar cuestiones esenciales como las anteriormente citadas en la agenda española y es el Partido Popular el que debe liderar esa transformación. Si el partido con los mejores equipos no lo hace, lo harán otros y, necesariamente, lo harán peor.

Con ese objetivo, es imprescindible una dirección surgida de un Congreso extraordinario en el que concurran libremente las candidaturas que lo deseen. ¿Alguien se puede imaginar el impacto renovador que podrían suponer unas primarias abiertas en las que concurrieran Soraya, Feijóo, Cifuentes o incluso Pablo Casado con distintas propuestas para regenerar el partido y para transformar España? Se me ocurren muchas consecuencias positivas y ninguna negativa. Supondría pasar de ser percibidos como un partido antiguo y en declive a monopolizar el debate político ofreciendo una imagen de competencia y modernidad que no está al alcance de ninguna otra formación. Además, el líder que saliera elegido en ese Congreso contaría con una legitimidad indiscutiblecon la que presentarse a las elecciones; combinaría la herencia de una gestión eficiente con un capital político inmenso que le permitiría impulsar el cambio en España.

Por contra, las consecuencias de no tomar decisiones ahora y esperar a las próximas elecciones generales pueden ser nefastas. Ni siquiera una victoria en Noviembre garantizaría un futuro espléndido para el Partido Popular, que seguiría acumulando desgaste en una posición de poder muy inferior a la actual. España está viviendo una segunda transición que va a actualizar el marco de convivencia que se dio en 1978. El Partido Popular puede aspirar a liderarla o a quedar absorbido por ella y dejar huérfano a su electorado; la pelota está en el tejado del hombre que debe hacer su último gran servicio a España: Mariano Rajoy.

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Manuel S. Sánchez

Escribo sobre Política, Relaciones Internacionales y otros temas.

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