España Política
España en la encrucijada
25 septiembre, 2015
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Romeva_Mas_Junqueras

La huida hacia adelante que ha emprendido Mas no es ni un desafío a España ni un desafío a aquellas presuntas élites franquistas y centralistas a las que aluden sus socios radicales. Pretender vulnerar la Constitución que garantiza los derechos y libertades de los españoles y, por tanto, también de los catalanes, no es sino un desafío a esos mismos derechos y libertades que amparan a quienes teóricamente debería representar el Presidente de la Generalidad.

No se trata aquí de menospreciar a aquellos que, legítimamente, defienden una opción separatista. Al fin y al cabo, no dejan de ser compatriotas que expresan su opinión libremente gracias al sistema que Mas, Junqueras y Romeva, entre otros, quieren arrasar de manera unilateral. Se trata de subrayar lo absurdo de una ideología, el nacionalismo periférico, que en tiempos de crisis siempre ha desembocado en un separatismo desleal y oportunista.

Es evidente que las causas de un movimiento tan multitudinario y complejo no se pueden simplificar en una sola. Motivos hay tantos como personas y sería necesario acudir a la casuística para desentrañar las razones que lo han originado; no obstante, es indiscutible la tendencia de los movimientos populistas a florecer en los momentos de crisis. Así ha sucedido siempre a lo largo de la Historia y así seguirá sucediendo. Resulta especialmente divertido que aquellos políticos que en los últimos cinco años se han dado cuenta de lo rentable que puede ser electoralmente agitar la estelada contra “Madrid”, señalen la sentencia del Tribunal Constitucional respecto al Estatut como el punto de partida de esa deriva independentista. Dejando a un lado que si así fuera sería inexplicable que en 2012 el PP obtuviera el mejor resultado autonómico de su historia en Cataluña, aceptar esta tesis supone dar por bueno que nada ha tenido que ver el entramado político, económico y mediático proclive al separatismo que han tejido los sucesivos gobiernos de CiU y tripartitos desde la llegada de la democracia.

No resulta descabellado pensar, por tanto, que es la crisis política, económica y social que ha vivido España durante los últimos años, y no otro tipo de explicaciones peregrinas, lo que ha dado alas a aquellos que siempre han estado esperando la oportunidad de azuzar el secesionismo y a aquellos que la han querido aprovechar para tapar sus vergüenzas. En este sentido, parece oportuno comparar la actuación del Gobierno de España con el Gobierno autonómico catalán desde el comienzo de la crisis.

¿Se imaginan que en lugar de tener hoy un país que lidera el crecimiento y la creación de empleo en Europa, estuviéramos a punto de celebrar las terceras elecciones en cinco años en las que una lista conjunta de PP y Podemos se dedicara a hacer frente común contra, pongamos, Alemania? Esto, y no otra cosa, es lo que sucede hoy en Cataluña con la lista de Artur Mas. Aquellos que afirman desear la independencia para parecerse a Dinamarca, Holanda o Suiza convierten a su comunidad autónoma en la réplica más exacta de Grecia, donde Syriza y ANEL cuentan un rescate, un corralito, dos elecciones y un referéndum en menos de un año de Gobierno. El populismo, sea del corte que sea, es la exaltación de lo grotesco utilizando como excusa a “la gente”.

No obstante, sería de necios exculpar a este Gobierno y a los anteriores de la situación que hoy se vive en aquella parte de España. Así pues, mientras que el “catalanismo transversal” ha construido con decisión una red clientelar que va de la política a los medios de comunicación, a los ciudadanos de toda España se les ha hurtado el derecho a conocer y sentirse orgullosos de la historia de su país. La voluntad del nacionalismo a la hora de construir una ficción nacional ha contrastado con la inacción de los sucesivos Gobiernos centrales para defender la vigencia de la nación que nos ampara como ciudadanos libres e iguales ante la ley y como miembros de la Unión Europea.

Es precisamente el reconocimiento y la defensa de la nación española un fenómeno ridículamente asociado a posiciones de extrema derecha. Mientras que en cualquier país de nuestro entorno los representantes políticos de todos los partidos se pueden proclamar orgullosos de su bandera, su himno y su historia, en España encontramos a ex presidentes de Gobierno que afirman que España es una “nación de naciones”, signifique eso lo que signifique,  y aspirantes a la Moncloa que proponen inconcretas reformas constitucionales para saciar a aquellos que jamás se saciarán. Cuatro décadas de franquismo y otras cuatro décadas posteriores de leyes educativas plagadas de complejos y medias verdades, cuando no totales mentiras, han degenerado en un panorama verdaderamente desolador. Defender a España es poco menos que fascista, apoyar a quienes rompen en pedazos la Constitución en el Congreso de los Diputados es progresista. La izquierda que antaño se definía como internacionalista es capaz de apoyar y mimetizarse con quienes defienden diferencias étnicas entre ciudadanos españoles. Cuesta encontrar en países de nuestro entorno ejemplos de un ridículo comparable.

Pero reconocer y defender la vigencia de la nación española, cuestión de puro sentido común más aún si tenemos en cuenta las profundas raíces históricas en las que se fundamenta, es esencial para desarticular la ficción del “derecho a decidir”, que no es sino la voluntad de los nacionalistas de trocear la soberanía nacional.

Frente a lo que argumentan aquellos que quieren quebrantar unilateralmente el sistema de derechos y libertades que nos dimos en 1978, el derecho a decidir ya existe y viene consagrado en el artículo 1.2 de la Constitución española. El derecho a decidir corresponde a todos los españoles, y desde luego no a una parte de ellos. Pretender que sea la mitad de los ciudadanos de una comunidad autónoma la que decida unilateralmente dejar sin aplicación en esa comunidad la Constitución y los Tratados internacionales de los que España forma parte no sólo es absurdo sino que supone retroceder políticamente cinco siglos. Que eso, además, se pueda llevar a cabo con la cobertura ideológica de una izquierda que aún cree que defender la nación como lo harían Hollande, Obama o Merkel es un vestigio franquista, es sencillamente esperpéntico.

Pase lo que pase este domingo, y mientras las instituciones y las leyes democráticas funcionen, Cataluña seguirá siendo parte de España. Pero ello no debería dejar de hacernos reflexionar acerca del camino que hemos tomado en las últimas cuatro décadas. España es hoy un proyecto democrático, europeo y con una moneda sólida homologable a las principales potencias del mundo. Desde 1980 hemos multiplicado nuestra renta per cápita por cinco, y logrado avances extraordinarios en Educación, Sanidad, derechos y libertades, además de consolidar uno de los sistemas autonómicos más descentralizados del mundo. Pese a ello, en lugar de negociar de manera leal, hay quienes han encaminado todos sus esfuerzos para preparar un golpe a la Constitución.

A partir del día 28 habrá que hablar con todos, pero siempre teniendo en cuenta dos aspectos: que defender sin complejos la soberanía nacional, la Constitución y las leyes democráticas no es algo de lo que avergonzarse, sino más bien al contrario, y que la cesión con quienes han demostrado que jamás verán saciado su apetito es sólo deseable si se entiende la política como la exaltación de lo grotesco, la consagración del oportunismo y la justificación de la deslealtad hacia tus conciudadanos.

 

 

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Manuel S. Sánchez

Escribo sobre Política, Relaciones Internacionales y otros temas.

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