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El euro como antídoto del populismo
20 febrero, 2016
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El euro como antídoto del populismo

Imagen del artículo publicado en La Verdad

Decía hace unas semanas Luis de Guindos, en una entrevista televisada, que el euro supone el mejor antídoto contra el populismo, ya que obliga a la disciplina y, por tanto, facilita el progreso. Fue una declaración casi revolucionaria, sobre todo en un momento en el que principios como la disciplina, el rigor o el mero respeto de las matemáticas se consideran prácticamente fascistas.

Todas las crisis, y ésta no es una excepción, representan una prueba de fuego para comprobar la solidez de los cimientos de cualquier sociedad. En este sentido, el hecho de que desde 2008 se haya producido un auge espectacular de ciertos partidos populistas, pone de manifiesto uno de los principales problemas que encontramos en nuestras instituciones nacionales y comunitarias: la sobreabundancia de burócratas y una carencia muy significativa de líderes. Las sociedades requieren eficacia en la gestión de su día a día, pero nacen y sobreviven en sus peores momentos gracias a sólidos principios, a fuertes liderazgos y a una visión nítida de lo que debe ser el futuro. Estas características permitieron que Churchill, De Gaulle, Adenauer o De Gasperi, entre otros, alumbraran una Europa unida que fortaleciera la democracia y las libertades frente al totalitarismo. Su visión no sólo fue acertada sino plenamente oportuna en un contexto geopolítico en el que los protagonistas son grandes potencias como Estados Unidos, China, Rusia o India, y en el que cada vez más los Estados tienden a asociarse para ganar peso en el mundo.

Europa, por tanto, es una construcción plenamente moderna e irrenunciable si pretendemos garantizar nuestro sistema democrático y extenderlo a otras zonas del mundo. Existe un punto naif en ciertos teóricos libertarios que abogan por construir Suizas  y Singapures en todo el mundo, obviando que no son los microestados los que garantizan la defensa de las libertades, sino hermanos mayores como Estados Unidos de América. Tan peligrosos, aunque por motivos distintos, son los movimientos populistas de izquierda y derecha que han crecido al calor de esta crisis y que pretenden aprovecharse de ella destruyendo el sistema en el que han crecido. Ellos no buscan la paz, ni pequeños territorios en los que asegurar la libertad económica, sino que pretenden retrotraer a España, Francia, Grecia o Italia, entre otros, a un momento anterior y ya superado en el que los Gobiernos extremistas podían hacer y deshacer en sus países sin injerencias externas.

El euro, por tanto, no es sino la consecuencia lógica de la unión de Europa. Una moneda única, fuerte y que sea referencia mundial. Como ejemplo, valga decir que es una de las divisas de referencia del FMI para préstamos de urgencia junto al dólar, la libra esterlina, el yen japonés y el yuan chino, que sólo recientemente ha sido capaz de ser reconocido como tal. No busquen entre las anteriores al bolívar venezolano o al peso argentino. Pese a ello, podrán argumentar algunos, no todos los países de la Unión Europea han decidido formar parte del euro. Y es cierto en los casos de Reino Unido y Dinamarca, por ejemplo. Estos países, especialmente Reino Unido, presentan economías muy competitivas, con una regulación laboral y fiscal moderna y avanzada y, en el caso británico, con una moneda que ya de por sí es extraordinariamente fuerte. De momento no han necesitado formar parte del euro, aunque ello ya les está perjudicando en su influencia internacional, como refleja la pérdida de peso paulatina de la City de Londres que quiere evitar Cameron a toda costa en su negociación con la UE.

En cualquier caso, los partidos populistas que propugnan la salida del euro no se miran en el norte de Europa. No quieren renunciar al euro porque les frene a la hora de realizar reformas que aumenten la competitividad, sino que quieren recuperar la soberanía monetaria para no someterse a ningún tipo de disciplina fiscal. Sin el euro, podríamos haber enmascarado esta crisis multiplicando las emisiones de moneda y dejando las reformas para otro momento. Con el euro, los Gobiernos nacionales no pueden recurrir libremente a la creación artificial de dinero, sino que deben abordar la modernización fiscal, laboral y financiera para generar riqueza. Como bien afirma Daniel Lacalle, quien pretende aumentar la impresión de billetes sin mejorar la competitividad de la economía, no busca imitar a Estados Unidos o Reino Unido, sino a Venezuela o Argentina.

Europa, y España como parte esencial, no se pueden construir contra las matemáticas.  En el marco de las negociaciones para formar Gobierno, debería ser esencial pactar con quienes defienden una política exterior moderna, y no con quienes aún conservan una visión primitiva de un mundo que, afortunadamente, ya no volverá.

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Manuel S. Sánchez

Escribo sobre Política, Relaciones Internacionales y otros temas.

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